viernes 6 de febrero de 2009
Función Privada (de palabras). Parte II
Hubiera corrido y lo hubiera alcanzado del brazo para tironearlo hasta la altura de su boca, correr el telón de su cabellera y saturarle el oído de palabras.
Le hubiera dicho que el amor, cuanto más casto y platónico, mayor patraña era. Que le regalaba su adolescencia modelada por las costumbres sociales para que la destruyera en aquél acto maravilloso de estupro, que prefería ser una Hetaria cultivada y desinhibida a tener que seguir el protocolo de sus 16 años.
Pero, además del orgullo que los volvía sordos y mudos respectivamente, la detuvieron todos sus silencios.
Juana Quemada no podría hablar porque no conocía las palabras, porque sentía respeto y porque le parecía demasiado evidente.
Juana Quemada no podría explicarle nada a aquél hombre que la dejaba por primera vez porque no había podido explicarle nada a su padre cuando la dejaba por primera vez. Le hubiera explicado, que cuando el primer hombre abandona a su niña, todos los hombres venideros también lo harán. Pero estuvo el respeto, la carencia de palabras y lo que arbitrariamente consideraba evidente.
La noche de Juan de Armas, que fué la bujía de la hoguera, las ideas de Juana Quemada se fueron a buscar a otros tipos a los que tampoco explicó jamás nada en espera que la abandonaran.
Con el tiempo, Juana Quemada comprendió que muy pocos hombres merecían respeto y nunca jamás tanto como ella misma, que conocer palabras que los otros oídos no conocieran no tenía ningún valor y, lo que no era dicho porque su luz lo ponía en evidencia, no era tan evidente. Para nada.
Y aunque la soledad palabras más, palabras menos, siempre sería la misma; tal vez algún día, todos los diálogos que Juana Quemada había recortado de su película, serían presentados en el canal estatal, con su gigantografía como decorado
Función Privada (de palabras). Parte I
Juana Quemada recordaba, ilustrado por tres sucesos tempranísimos, la impotencia de no saber hablar.
El primero se daba viernes cada tanto -aunque no sabía si era viernes y lo más probable es que haya sido un jueves, pero la impronta quedó estampada como un viernes-; en esos tiempos comer pollo era una costumbre un poco menos ordinaria que hoy día. No había tanto oligopolio con alta tecnología para criarlos aún.
Esa noche, no importa si eran noches de viernes o de jueves, lo importante es que eran noches de aire festivo, Papá llevaba a Juana a la rotiseria, elegían un pollo, tal vez un yogur o algún otro entremés y luego iban a buscar a Mamá que daba clases hasta tarde y entonces Juana Quemada aguardaba corriendo a los tropezones por toda la Universidad mientras la panza le rugía pensando en el pollo.
En casa ponían la mesa y, cosa que no solía hacerse el resto de la semana, encendían el televisor. Miraban Función Privada. Juana Quemada sabía el nombre del ciclo y observaba a los dos señores que bebían guisqui con la foto de una actriz a sus espaldas. Acto seguido mostraban la película y Juana Quemada, nuevamente con aquella acertada intuición de infante, sabía que esas películas tenían algo especial; respetuosamente especial, tanto que por mas que se aburriera, jamás se quejó.
Entre tanto servían el pollo y llenaban su plato con trocitos de pechuga. Blanca y seca, espantosa. Juana Quemada la odiaba. Se atoraba, le picaban las encías, le daba sed.
Juana Quemada quería quejarse, suplicar que le dieran otra cosa, o que no le dieran nada, pero que no la obligaran a terminar ese trozo de heno. Pero Juana no sabía como decirlo. No tenía las palabras aún. Podría haber llorado, pero hubiera sido una terrible falta de respeto ante los hombres de ATC . Entonces comía hasta donde podía soportarlo.
El segundo hecho ocurrió mucho antes de la época de los pollos. Juana Quemada aún no era muy ducha en eso de controlar esfínteres y tomaba mamadera. De vez en cuando, en vez de leche, le daban leche chocolatada. Pronto Juana comprendió, con aquellos bocetos abstractos con los que pensaba, que las mamaderas de color marrón eran por mucho superior a las de color blanco. Tanto, que las mamaderas blancas pasaron a disgustarle por completo.
Todas las tardes de verano, tironeaba de las faldas hacendosas de su madre en la cocina y le pedía la leche. Pero solo lo hacía para tomar Nesquik. Entonces Mamá preparaba una mamadera para que se la llevara al patio y la tomara sentada en el borde del cantero. El problema era que la mayoría de las mamaderas eran aborrecibles mamaderas blancas. Pero a Juana, que no sabía como explicar su preferencia por la chocolatada ni sabía explicar nada en realidad, no le quedaba más opción que soportar las aborrecibles mamaderas blancas tarde tras tarde para reconfortarse con el Nesquik que fortuitamente podría tocarle un día de esos.
Juana se callaba porque no tenía palabras para decir lo que fuera.
Lo último ocurrió mucho más tarde, cuando Juana Quemada ya podía hablar con cierta fluidez. Una joven la entrevistaba como parte de alguna especie de práctica pedagógica. Este tipo de entrevisa es un clásico de los trabajos prácticos de los bachilleratos con orientación docente.
La adolescente la hacía jugar con una bola de plastilina. En un momento del ejercicio, partió la bola en dos, por una supuesta mitad.
- Si yo hago esto, ¿Ahora las dos tenemos la misma cantidad de plastilina?- Preguntó.
La pequeña Juana Quemada respondió rápidamente con naturalidad:
- No.
La adolescente la miró con un poco de incredulidad.
- ¿Estas segura?- le prguntó- ¿Y si yo te dijera que conozco a un chico que me dijo que sí?
Juana Quemada se fastidió. Su respuesta era acertada y por demás obvia. Claro que no tenían la misma cantidad de masa; para tenerla, la joven tendría que haberla amasado en un rectángulo plano, habar tomado una regla, buscar el número del medio y cortar por ahí. Y aún así, no habrían tenido jamás la misma cantidad porque cuando algo se hace muy chiquito (como la distancia de la regla) siempre hay otra distancia aún más chiquita y cada vez más chiquita como para decidir con exactitud.
- El chico se equivocó- solo se limitó a decir Juana.
Hubiera tenido ganas de explicárselo a la entrevistadora; pero le pareció que era una persona por demás estúpida si no era capaz de ver esto y, después de todo, se sentía desganada como para tratar de hacerlo y entonces mejor que la chica pusiera lo que ella quisiera en su cuaderno.
Juana Quemada no habló porque no tenía ganas.
jueves 22 de enero de 2009
Histeropoesía
I
¡Bienvenido
a mi continente negro!
De junglas y dianas;
Matorrales
Sombras húmedas
Y
Pozos
In
Fi
Ni
tos;
¡Bienvenido
a mi continente negro!
Bien provisto de guías
mapas,
Brújulas y estrella
Crees estar.
Pero yo lo sé,
cauto niño;
¡Te perderás!
(Y yo lloraré al desaparecido
con lágrimas ancestrales)
¡Bienvenido
A mi continente negro!
De sombras
Tejidas por tus manos
Durante miles de años
De los tintes del escarlata
Con que teñiste los pechos.
¡Bienvenido al monstruo
Que has creado!
De la eliánfora;
¡Bienvenido
A su epicentro!
VII
Masa blanca y fofa
En su mejor esplendor;
¡Cuánto será entonces el asco
Pasados estos días!
Yo no veo armonía.
Yo no veo pureza.
Yo no veo origen.
Yo no veo edenes.
Yo no veo con ojos
De los viejos genios.
Yo veo la reflexión burlona,
Insatisfecha, mísera, patética
Que me sentencia jocosa:
“Vergüenza, vergüenza tendrás
Siempre, constante y vestigial.”
Y hablando por mi boca
Dice que guarde que sean otros
Los ojos testigos.
Inhibición, pudor.
Y soy solo yo,
Desnuda.
Desnuda y nada más,
Retenida,
Un poco, a penas,
Pero retenida.
Oculta, aprisionada
Un poco, a penas,
Pero como si vistiera
Mil vestidos de plomo
Con sus plúmbicas enaguas.
XII
Amanece
Que eres hombre.
Hay un eco infinito.
Espejos frente a otros
Amanece el universo grande.
Vuelves de la cacería
Converso en presa
Por la perfidia de las pupilas.
Eres el hombre
Que arremete.
Lo crees.
Amanece que eres hombre
Y a los hombres por los ojos
Se los captura.
Me entrego hoy
Mañana
Y de nuevo;
Con la puesta de cada sol
Cae a tu par mi cuerpo
Haptonástico.
Nictanástico
Se levanta de nuevo.
Tras mi fálica falaz pureza
Yo me río.
de tu cara,
cuerpo,
nariz
Y sexo.
Ahogo la risa,
(No la veas),
En un abrazo.
Te loo.
Lo crees.
Amaneces siempre.
Y así tu madre,
Y su madre
Y la suya
Y todas
Las flores de Eva.
Y así tu padre
Y así tus hijos.
Amanece
Que cae la noche
Y todos los días,
Al ser iguales y eternos,
Son uno solo.
Y todos los hombres,
Al ser iguales y eternos,
Somos uno solo.
martes 30 de diciembre de 2008
Pulcritud
"Hola, hacía un tiempo que estaba pensando en vos...." ponía por encabezado; y Juana Quemada, quien hasta ese enconces no creía ni en el aloevera, palideció ante la omnipotencia divina. Dios parecía estar encomendándole algo.
Sin dudarlo se encontraron.
Si hubo un misterio grande en la vida de Juana Quemada fue aquella pulcritud no manifesta; o su mala distribución de la energía: Todo aquello que fuera cinético, desde deportes hasta baile, era un continúo de idas y venidas; desde saltar por entre las piedras del río cuando lo conoció, hasta las clases de teatro o expresión corporal con las que mataba sus ratos aburridos en la ciudad; todo eso estaba presente como un rasgo seductor de Peter Pan. Sin embargo, mostraba una contrastante quietud para todo lo que fuera para con Juana
Un punto clave fue como había cambiado en los cuatro años durante los cuales no lo había visto. Tenía una imagen tarzánica que los sucesivos inviernos y el descuido habían erosionado a algo de muy mal andar (tal vez caminara así antes, pero, convenientemente, había optado por no notarlo), pálido, astigmático y panzón. Lo que era curioso, era que parecía mas niño ahora que antes.
Lo de la pulcritud era tan poco manifiesto, que era mas bien simple suposición de Juana Quemada; pero no por simple desacertada.
Tan pulcro, tan pulcro, que parecía que se perfumaba en iodo y aromatizaba su casa con ozono. Tan pulcro, que pronto recaló que nunca la había tocado. Ni de las formas mas inocentes. A veces parecía querer acariciarla, pero pronto descubría que estaba palpando en busca de algún bulto extraño, con la mirada perdida de la atención. Al principio el incidente era digno de gracia, luego comenzó a molestar.
No la tocó ni una milésima parte de lo que su egoísmo la obligó a tocarlo a él. Nada. Nada.
Entonces Juana comenzó a ver piel cada vez que pensaba en él. Piel blancuzca, pura, sin manchas, pálida, llanuras y mares de piel en enfermos, en cadáveres, en mesadas. Cuerpos desnudos y asépticos encajonados todos en el más desmenuzado enfoque analítico.
Decidió tomar represalias. Pensó en obligarlo. Si no podía obligarlo, Juana Quemada continuaría ella misma en un onanismo ofensivo, como una manifestación pasiva de protesta. Pero se levantó tan rápido para fugarse hasta el baño que sus planes se truncaron.
Tras unos días e intentos frustrados, se lo exigió diplomáticamente y él se excusó admitiendo que tal vez era una persona demasiada fálica. Él, que ni tocaba ni lamía ni amagaba hacerlo; aquello era lo de menos.
Juana quemada rodó por las sábanas : "No ofendas adjudicándote ese objetivo. Fálico son las ruinas indias invocando fertilidad a los cielos y las rocas madres; el Obelisco y su audacia ingeniriel y otras tantas obras maravillosas así. No oses compararte con todo eso. Es ofensivo. No eres fálico, si no un pobre hombre tan reprmido, ahorcado, castrado, esterilizado y sanitizado que me tiene asco y tal vez le tenga asco a todas las mujeres".
No dijo nada y finalmente, sin mucha habilidad, deslizó una mano, tan solo una mano, hacia Juana Quemada.
Después de su huída habitual, Juana lo siguió y se colgó del pomo del puerta del baño para mirarlo, para mirar con el cariño con que se mira a los hombres mientras se asean y rasuran.
Allí lo vió concentrado. Se había cubierto de jabón ambas manos por completo y con una se refregaba la otra meticulosa y cuidadosamente, en su totalidad; palma y dorso, falanges e instersticios interdactilares.
Juana Quemada estaba horrorizada. Cómo los médicos, como los cirujanos de la tele.
Él la percibió y levantó la mirada a través del espejo del botiquín con una media sonrisa inocente; sin darse cuenta lo terrible de lo que estaba haciendo.
Juana Quemada, en el siguiente orden melodramático, dió su media vuelta vital, se vistió y marchó en silencio.
"Pues si yo no te lo hago saber; ¿Quién te lo hará saber? ¿Las intrumentistas jóvenes y pobres ilusas y desesperadas por salir con "El Doctor"; EL DOCTOR con sus mayúsculas y su placa de bronce. Pues entonces te lo debo hacer saber yo, quien no considera que los títulos ni la sapiencia sean de transmición venerea. Para esta tarea Dios me debe haber contigo" Pensó Juana mientras marchaba para luego recordar- sonriendo al recalar ante la ironía- al Artista De Armas; quíén ante sus propias objeciones adolescente respecto a sus defectos físicos, la consolaba con un reconfortante " Sos linda así como sos" en contraposición al esteril "Eso no es operable".